Lo que quedó de Blue Velvet en mí cabeza
En los recovecos de mí cabeza inundada de canciones de los 90’ y datos para tirar en una juntada, quedan películas. Intactas y hermosas conviven entre mis traumas y problemas cotidianos. Ellas cumplen roles o mejor dicho, son funcionales a mis estados de ánimo.
Blue Velvet de David Lynch cumple la función de restaurar mí cordura. Esta película conjuga mí fascinación por el arte y mí habilidad emocional la cual corre detrás de mis terrores internos.
Lynch plantea como el comportamiento humano es simple y onírico. ningún encuentro es casual y la belleza recae en la interacción, obscura y sentimental.
Desde la primera escena, una oreja llena de hormigas en el jardín, nos pone a navegar sobre dos ideas.
Por un lado, una vida pueblerina y suburbana la cual busca salir del buen querer. Y por el otro, el submundo que habita la noche en una vorágine anarquista tendida sobre rojos y azules.
Recorriendo los encuentros fortuitos y los personajes satélites detenidos en su propio tiempo y espacio, la maldad se vuelve palpable. Sin darnos cuenta, transcurrimos el viaje hacía la incredulidad fantasmagórica de un grupo de inadaptados que dialogan a través de la violencia en todas sus formas.
La existencia humana se pone a prueba.Una femme fatale que enamora con su canto de sirena creando obsesiones que perturba. Y un sádico dueño de un club que devora los miedos y los vuelve etéreos.
La yuxtaposición de ambos universos asalta la relación con nuestra propia maldad y expone la torpeza de la moralina.
Blue Velvet no es una película de buenos y malos, es el absurdo entre los antónimos.
En este absurdo, mí cordura vuelve a fase cero y mí fragilidad matinal acompaña los ruidos del porvenir.
Las relaciones humanas vociferan verdades creadas por el bien de su entorno y es allí cuando algo falla. Blue Velvet transforma el espejo social en tono cine noir y nos convence que todos buscamos desafiar nuestra razón de ser para resaltar en una multitud uniforme.
Comentarios
Publicar un comentario