Un recital
No quiero bajarme de la ola. Se que cuando baje, las sensaciones de miedo y desesperación volverán a mi cuerpo y ahí todo a foja cero. Cómo siempre el drama de la cotidianidad es cómplice de los pensamientos intrusivos, y ver qué la vida pasa sin un sentido aparente y la realidad se roba los pocos momentos de alegría en esto que hemos llamado adultez.
Volvamos a la ola. Hace una semana atrás fui a ver Oasis. Verlos juntos, tocando las canciones que resumen mi adolescencia, me hizo olvidar por unas horas en que me convertí. Dejando mi alrededor, solo me limité a enfocarme en la nebulosa del absurdo poniendo todo el movimiento posible que mi cuerpo a mi edad me permite realizar.
Oasis fue en gran parte mi torpeza en la densidad de los ojos ajenos, la incomodidad en la búsqueda de un sincero afecto. un deseo vergonzoso. Un grito desesperado. Sus canciones me daban la libertad que tanto ansiaba. Sentirme una rock and roll star en un mundo lleno de incongruencias patológicas,y la inmensidad de un nuevo despertar cada vez que le daba play al vídeo de some might say grabado de MTV.
Los Gallagher, sin siquiera saberlo, moldearon mi personalidad. Me dieron una rara perspectiva de dejarse. Salir y ser. Una sensación inesperada entre amorosa y platónica. Sus canciones inundan cada partícula, átomo o como fuera que conforman mi espacio terrenal.
Ese domingo 16 noviembre las palabras de whatever hicieron lágrimas en mí, por alguna razón validan lo que nadie sabe y solo Oasis puede descifrar. Comprendí que algo de los Gallagher quedó pegado en mí y sigue ahí, intacto, buscando la ingenuidad del pensamiento adolescente,y por esa razón no quiero bajarme de la ola.
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